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Al principio del tiempo, existían dos cosas. Más bien, seres. Dos esencias, opuestas, circundantes. Con ellas, existe un balance. Hasta el día presente, ese balance no ha sido roto. Aquellos seres eran lo que podríamos haber llamado dioses, si hubiéramos existido para verlos en todo su esplendor.

El primero, la princesa de la Existencia, Infinidad. Inocente era, y tenaz como la vida suya que portamos. Y en su tiara tenía siete gemas, más preciosas que el preciado diamante, más radiantes que el raro brillo de un púlsar. Un regalo de su padre era, y con orgullo la portaba.

El segundo, era la Nada. Muchos nombres tenía la nada. Cero. Inexistencia. Desinfinito. Se lo describe como opuesto a la Existencia, pues no hay forma de sentir el vacío, de verlo, de soñarlo siquiera. Existía como espejo a Infinidad. Un espejo odioso. Pero no había nadie en el espejo. Y una corona de tres puntas tenía, forjadas en duro adamante. Cruel y sabio era, y no menos tenaz que Infinidad.  Pero no existía. Era sólo el vacío. ¿O quizás, una sombra, un patrón en la oscuridad? Casi existía, si sólo como reflejo.

Buscando existir, torturaba a Infinidad, pequeña y débil en comparación al alcance de la Nada. Con recuerdos de su vida anterior, como sueño de futuro, como escape a la existencia, tomó las siete gemas de su tiara y con ellas forjó primero siete llaves, para que quien las encontrara pudiera viajar entre las puertas del tiempo y las dimensiones del sentimiento. Las inscribió con nombres benevolentes que recordaba, para proteger a sus portadores. Con la sabiduría que le otorgaba el dolor y la vejez, como esperanza para mañana, como arma contra la angustia, usó otro pedazo de sus siete gemas, y con ellas forjó segundo siete artefactos, para quien tuviera las llaves pudiera defenderse de las mareas del destino. Los inscribió con poesía que pudieran entender los sabios y con ellas conocer el futuro. Con la tristeza, y la desesperación de tanto tiempo de luchar contra la Nada, usó lo que quedaba de sus gemas y, con egoísta liberación, creó siete espíritus malévolos, a imagen de su torturador. Siete espíritus que tomaran forma en seres malvados que el futuro crearía. Les enseñó egoísmo y maldad, para librarse de la de su eterno victimario.

Viendo el poder de estas creaciones, la Nada se arrancó su corona, y trajo a la existencia tres bestias, una con cada punta de metal afilado. Creó al Uroboros, para que devorara el futuro y la esperanza, para que la vida que traería el tiempo muriera en un nuevo Ragnarok. Creó a la Quimera, para que destruyera las herramientas, para que la vida que traería el tiempo se ahogara en la marea del Destino. Creó a Niddhogg, para que guiara a los siete espíritus malévolos, y un día, los tragara y consumiera, entrando entonces la Nada a la existencia.

El vacío ficticio que habitaban se rompió y dejó paso a la realidad, desintegrando a ambos dioses en una miríada de poderes y materia. Quedaba el poder de sus coronas, haciéndose realidad con el deseo, tomando lugar con la intención. La humanidad que los había creado había roto el velo entre realidad y ficción, trayendo el horror de los dioses a la realidad. Y entre ellos horrores, había siete llaves, siete artefactos, y siete espíritus que podían sellar de nuevo la ruptura. Y entre ellos, había tres bestias que custodiaban la ruptura, como si se tratase de una puerta. Para siempre consumir la esperanza. Pero el destino se había borrado. Y lo que quedaba era la voluntad tenaz de la vida. Que tejería ahora y siempre con los hilos del destino deshilachado un camino en el futuro.